Toni Miranda
Siempre he necesitado contar historias.
De pequeño imaginaba mundos durante horas.
Con el tiempo encontré en la fotografía una forma de hacerlos reales.
Desde 2010 trabajo como fotógrafo, centrado en las personas y en sus historias. He desarrollado proyectos de autor, exposiciones y trabajos documentales, combinándolo con la fotografía social y docencia.
Siempre he sentido que el tiempo pasa demasiado rápido.
Lo noto cuando veo crecer a mis hijas y recuerdo perfectamente cómo olían cuando eran bebés.
Lo noto cuando escucho canciones que me devuelven a mi infancia.
O cuando veo a personas mayores emocionarse en una boda, mirando a sus hijos o nietos con una intensidad difícil de explicar.
Creo que ahí nace todo.
La necesidad de detener, aunque sea por un instante, aquello que sabemos que no va a volver.
De pequeño podía pasar horas imaginando historias en el balcón de casa de mis padres.
Con unos simples Playmobil construía mundos enteros sin darme cuenta de cómo pasaba el tiempo.
Con los años dejé de jugar… pero nunca dejé de imaginar.
La fotografía apareció después como una forma de dar vida a todo eso.
Pero hubo un momento que me marcó para siempre.
Una persona se vio reflejada en uno de mis proyectos y rompió a llorar.
Ahí entendí que una imagen puede hacer mucho más que mostrar. Puede tocar algo muy profundo.
Desde entonces, entendí que mi trabajo no empieza con la cámara. Empieza escuchando.
Porque cada persona tiene una historia irrepetible.
Una huella que deja en este mundo y que, de alguna forma, la hace eterna.
Soy una persona emocional. Me emocionan las pequeñas cosas:
Una mirada con cariño, una canción que despierta recuerdos, la felicidad de mis hijas, o ver a alguien sentir algo auténtico gracias a una imagen.
Mi mujer es el pilar sobre el que he construido todo.
Crecimos juntos desde los 15 años.
Ella creyó en mí incluso cuando yo todavía no sabía hacia dónde iba mi vida.
Gracias a ese apoyo encontré el valor para dejar atrás otra profesión y dedicarme a lo que realmente me hacía sentir vivo.
Fuera de la fotografía me gusta lo simple.
El silencio de una ducha después de un día intenso.
El amanecer en la montaña.
Respirar romero y tomillo mientras sale el sol.
Ahí vuelvo a encontrarme.
No creo que la fotografía sea solo una imagen.
Creo que es una forma de conservar aquello que el tiempo intenta borrar.
Por eso no busco fotos perfectas. Busco verdad.
Y quizá, en el fondo, todo se resume en algo muy sencillo:
Hacer feliz a las personas.
Lograr que dentro de muchos años vuelvan a mirar una imagen…
y por un instante sientan que el tiempo se ha detenido.